¿Construimos sonido a sonido la ciudad que queremos escuchar? La Organización Mundial de la Salud (OMS) reconoce el ruido ambiental como el segundo factor ambiental que más afecta la salud de las personas, después de la contaminación del aire. Aunque muchas veces pasa desapercibido porque no puede verse, sus efectos están presentes en nuestra vida cotidiana, influyendo en el descanso, la concentración, la convivencia y el bienestar.



Autor: María De Los Ángeles Camayo Torres_ Investigadora en ONG RUMM.
Editado por _ Juliana Caycedo_ Directora I+S en ONG RUMM.
Fotografías_ Camila Gutiérrez. Registros realizados en Dapa (Yumbo), Parque Memorial La Ermita (Yumbo) y barrio San Fernando (Cali), Valle del Cauca.
Cada día despertamos con diferentes sonidos: aves anunciando un nuevo amanecer, el auto del vecino que ya sale al trabajo o el encender de una estufa en las mañanas para preparar el desayuno. El sonido se encuentra en nuestra cotidianidad desde que nos despertamos hasta que conciliamos el sueño. Nuestro oído está constantemente expuesto a los diferentes sonidos según el ambiente que cohabitamos -la ciudad o el campo- y la interpretación que hacemos de ellos varía según la hora o el momento del día.
Los sonidos no son solo sonidos; adquieren diferentes significados. Por ejemplo, cuando se intensifican o se vuelven invasivos es a lo que llamamos generalmente ruido, y su carga simbólica suele estar asociada al malestar o a la saturación, puesto que se considera un sonido no deseado. Como resultado, todo ruido es sonido, pero no todo sonido es ruido. En contraste, nos encontramos con el silencio, que, si bien es la ausencia percibida de sonido, también está lleno de diferentes connotaciones según el contexto: puede representar una pausa reflexiva, una forma de comunicación no verbal o incluso un estado de calma interior.
Con lo anteriormente mencionado, el sonido, el ruido y el silencio forman una red que refleja cómo vivimos y cómo nos relacionamos en los distintos espacios que habitamos. Esta relación también ha sido denominada paisaje sonoro, concepto desarrollado por el investigador canadiense R. Murray Schafer, quien planteó que la identidad de un territorio también puede comprenderse a través de los sonidos que lo caracterizan y de la manera como las personas interactúan con ellos.
Del sonido al ruido: cuando escuchar deja de ser bienestar
Ahora bien, en términos técnicos, el sonido, según la Real Academia Española, es la «sensación producida en el órgano del oído por el movimiento vibratorio de los cuerpos, transmitido por un medio elástico, como el aire». Los sonidos constituyen una parte importante de la experiencia humana y de la construcción de los territorios; permiten la comunicación, la interacción social y la apropiación cultural de los espacios.
Sin embargo, cuando los niveles sonoros superan ciertos límites y comienzan a interferir con el descanso, la comunicación o las actividades cotidianas, el sonido deja de ser una experiencia natural para convertirse en una fuente de malestar. En Colombia, la Resolución 0627 de 2006 establece los niveles máximos permitidos de emisión de ruido según el uso del suelo. En las zonas educativas y de salud no deben superarse los 45 decibeles durante el día y los 40 durante la noche; en las zonas residenciales los límites son 55 y 50 decibeles, respectivamente, mientras que en las zonas comerciales e industriales se permiten hasta 70 decibeles en horario diurno y 60 en horario nocturno. Estos valores buscan proteger la salud y el bienestar de las personas; de hecho, la Organización Mundial de la Salud recomienda que durante la noche el ruido no supere los 40 decibeles para prevenir alteraciones del sueño y otros efectos sobre la salud física y mental.
¿Por qué importa el ambiente sonoro?
El sonido forma parte de nuestra vida cotidiana y todo aquello que escuchamos genera efectos tanto positivos como negativos. Los cantos de las aves, el correr del agua o los sonidos propios de una comunidad fortalecen la identidad de los territorios y pueden generar calma, disminuir la tensión y favorecer la concentración. Por ello muchas personas recurren a la música para trabajar, estudiar o descansar.
En contraste, cuando el ruido es constante o excesivo puede desencadenar estrés, ansiedad, alteraciones del sueño, problemas intestinales e hipoacusia (pérdida de la capacidad auditiva). Además, la evidencia científica ha demostrado que la exposición prolongada a niveles elevados de ruido incrementa el riesgo de enfermedades cardiovasculares, afecta los procesos de aprendizaje en niños y niñas y disminuye la calidad de vida.
Pero los impactos no se limitan a las personas. Muchas especies de aves, anfibios y mamíferos utilizan el sonido para comunicarse, orientarse, reproducirse o detectar amenazas. Cuando el ruido altera estos procesos, también modifica la dinámica de los ecosistemas y la forma como las especies interactúan entre sí. En este escenario, el silencio también adquiere un valor importante. Más que la ausencia de sonido, representa la posibilidad de descansar, favorecer el bienestar físico y mental, mejorar la concentración y generar espacios de reflexión. Aprender a valorar el silencio significa reconocer que también hace parte del equilibrio del ambiente sonoro que compartimos.
Más allá de los decibeles
Sin embargo, una gran parte de la problemática sonora trasciende el ámbito normativo. Como se mencionó durante el podcast con Juan Pablo Cruz Salazar -administrador ambiental, especialista en Higiene y Seguridad Industrial y director comercial de EPRODESA– el ruido no debe entenderse únicamente como un asunto de decibeles; también es un fenómeno que involucra la convivencia, la salud, el ambiente y la forma en que habitamos nuestros territorios.
Gestionar el ambiente sonoro implica mucho más que hacer cumplir una norma. Requiere transformar prácticas cotidianas, fortalecer una cultura del respeto por los demás y comprender que nuestras decisiones influyen en la calidad del entorno que compartimos.
Hacia una cultura del sonido y ciudades más saludables
En el ámbito ambiental también se han impulsado acciones para disminuir los impactos de la contaminación acústica. En Santiago de Cali, por ejemplo, el Departamento Administrativo de Gestión del Medio Ambiente (DAGMA) ha desarrollado campañas de sensibilización y control del ruido en sectores donde los altos niveles sonoros pueden afectar tanto la tranquilidad de las comunidades como la fauna urbana. Estas iniciativas demuestran que la calidad acústica también hace parte de la gestión ambiental de las ciudades y que proteger el ambiente implica ir más allá del cuidado del agua, el aire o los residuos; también significa construir territorios donde el sonido favorezca el bienestar de quienes los habitan.
Expuesto lo anterior, se hace evidente la necesidad de comprender el impacto que los sonidos tienen en nuestro entorno desde una perspectiva integral. El ambiente sonoro no depende únicamente de la funcionalidad de los espacios, sino también de las experiencias que estos generan para las personas y para las demás especies. Como se reflexionó durante el podcast con Juan Pablo Cruz, gestionar el ruido no consiste únicamente en controlar los decibeles; también implica reconocer cómo las actividades humanas transforman el paisaje sonoro y la manera en que nos relacionamos con el territorio.
Por ello, incorporar criterios acústicos en la planificación urbana, realizar estudios previos del paisaje sonoro y considerar la percepción de quienes habitan los territorios son acciones que pueden contribuir a construir ciudades más saludables, sostenibles y habitables. En diferentes países estos estudios ya hacen parte de los procesos de diseño urbano, permitiendo identificar zonas de mayor sensibilidad al ruido y orientar decisiones relacionadas con la ubicación de viviendas, hospitales, instituciones educativas y espacios públicos. Integrar estas herramientas desde la planificación representa una oportunidad para prevenir conflictos y mejorar la calidad de vida de las comunidades.
Frente a esta realidad, la educación ambiental surge como una herramienta fundamental para promover una cultura del sonido basada en el respeto, la conciencia colectiva y la corresponsabilidad ciudadana. Durante la conversación surgió una reflexión muy importante: cuando hablamos de educación ambiental solemos pensar en el cuidado del agua, la gestión de residuos o la conservación de la biodiversidad; sin embargo, pocas veces incorporamos el ruido como un componente del ambiente. Aprender a escuchar, reconocer los efectos de la contaminación acústica y comprender cómo nuestras acciones afectan el bienestar de otras personas y de las demás especies también hace parte de la construcción de una cultura ambiental.
Asimismo, resulta necesario incorporar criterios acústicos y de planificación sonora en el diseño y la ejecución de proyectos de construcción y desarrollo urbano. Aunque estas herramientas ya existen y son técnicamente viables, todavía no reciben la importancia que merecen dentro de muchos procesos de planificación. Integrarlas desde las primeras etapas permitiría implementar estrategias que mitiguen los impactos negativos del ruido, favorezcan la convivencia y promuevan entornos más saludables para las personas y la biodiversidad. Después de todo, pensar en ciudades sostenibles no significa únicamente planificar cómo se ven nuestros territorios, sino también cómo se escuchan y cómo queremos habitarlos en el futuro.
Reflexionar sobre la ciudad que queremos escuchar
De esta manera, reflexionar sobre <<la ciudad que queremos escuchar>> significa reconocer que el sonido, el ruido y el silencio no son simples fenómenos físicos; son parte de nuestra vida cotidiana y de la manera en que construimos comunidad. El sonido nos acompaña en cada paso, el ruido nos recuerda los excesos que pueden afectar nuestro bienestar y el silencio nos invita a hacer una pausa, reflexionar y encontrarnos con nosotros mismos y con los demás.
Aunque existen normas y leyes que regulan estos aspectos, lo más importante es que, como ciudadanos, aprendamos a valorar lo que escuchamos, los sonidos que generamos y el impacto que estos provocan en quienes comparten el territorio con nosotros. De ello depende, en gran medida, que nuestras ciudades sean espacios habitables, saludables y construidos desde la armonía. Como lo demuestra la reciente Ley 2450 de 2025, avanzar hacia una mejor calidad acústica no es solo responsabilidad de las autoridades; también requiere el compromiso cotidiano de la ciudadanía.
Durante la conversación en el podcast con Juan Pablo Cruz, surgieron reflexiones que ampliaron la mirada sobre el ambiente sonoro. Aunque el propósito inicial fue conversar sobre la ciudad que queremos escuchar desde un enfoque social, el diálogo permitió comprender que la normatividad es solo una parte de la solución. La gestión del ruido también involucra educación ambiental, salud pública, convivencia, planeación urbana y corresponsabilidad ciudadana.
Entre las ideas que más llamaron nuestra atención estuvo comprender que el sonido no es únicamente un fenómeno físico, sino también una experiencia que depende del contexto, la cultura y la percepción de cada persona. Lo que para unos puede representar una celebración, para otros puede convertirse en una fuente de malestar cuando afecta el descanso, la convivencia o la salud. Asimismo, la conversación nos recordó que construir ambientes sonoros saludables no depende únicamente del cumplimiento de las normas, sino también de las decisiones cotidianas que tomamos como ciudadanos y de la manera en que compartimos el territorio con otras personas y con las demás especies.
Estas y otras reflexiones hacen parte del episodio completo del podcast, en el que profundizamos sobre la contaminación acústica, la normatividad colombiana, el papel de la educación ambiental y los retos de construir ciudades donde el bienestar también pueda escucharse. Escucha el episodio completo:
Somos todos y cada uno de nosotros quienes construimos, sonido a sonido, la ciudad que queremos escuchar. Pensar en esa ciudad implica reconocer que el ambiente no se construye únicamente desde grandes políticas públicas o proyectos urbanos. También se construye desde decisiones cotidianas: el volumen al que escuchamos música, la manera en que habitamos los espacios compartidos y el respeto por las personas y las demás formas de vida con las que coexistimos.
Tal vez la pregunta ya no sea únicamente cómo suena nuestra ciudad hoy, sino qué sonidos queremos dejar para quienes la habitarán mañana.
[1] Definición de Sonido por la Real Academia Española. Tomado de sonido | Definición | Diccionario de la lengua española | RAE – ASALE
[2] Herrera, G. (s/f). Ley 2450 de 2025 – Ley contra el Ruido en Colombia / Ruido / Política de Calidad Acústica para el País. Gov.co; Herramienta Eureka!! 2.0 ANLA – 2024. Recuperado el 18 de mayo de 2026, de https://www.anla.gov.co/wanla/eureka/normativa/leyes/ley-2450-de-2025-ley-contra-el-ruido-en-colombia-ruido-politica-de-calidad-acustica-para-el-pais
