Este artículo permitirá explorar el concepto de confianza aplicado en el contexto de la economía circular, resaltando la experiencia de diferentes actores e instituciones. Este nuevo horizonte abarcará cómo social y emocionalmente opera de forma oculta ante la vista de muchos. El resultado, da cuenta de un componente esencial en escenarios de cooperación y participación ciudadana en procesos de cohesión social como motor de la mejora continua en la sostenibilidad y sustentabilidad territorial y comunitaria.

Autor: María De Los Ángeles Camayo Torres_ Investigadora en ONG RUMM.
Editado por _ Juliana Caycedo_ Directora I+S en ONG RUMM.
La confianza como punto de partida
Hablar de confianza es una complejidad incito, es una emoción esquiva. Está presente en casi todos los aspectos de la vida social, pero rara vez se le nombra con la atención que merece. Aparece como algo dado —como un supuesto— y, sin embargo, su ausencia marca rupturas profundas. Comprenderla no es sencillo: se entrelaza con trayectorias de vida, estructuras institucionales, prácticas cotidianas, y se activa incluso en los gestos más sutiles. En lo estructural, por ejemplo, se exterioriza cuando se asume con expectativa que al pagar la tarifa pública de aprovechamiento, el servicio será eficiente y ambientalmente responsable; cuando se participa en las jornadas de recolección y campañas convocadas por diferentes instituciones con la creencia de que la participación de cada persona es clave para multiplicar los esfuerzos en la gestión de los residuos en espacio público; y sobre todo, cuando cada uno en su hogar se motiva en continuar separando sus residuos para aportar un granito de arena y así, los materiales que se pueden aprovechar no lleguen a los centros de acopio (los rellenos sanitarios). Esta confianza activa pasa por cada interacción, rito y práctica donde la emoción es evocada, incluso en escenarios de incertidumbre.
Es un acto cotidiano que pone en juego expectativas, coherencias y vínculos por eso, esa pregunta que cada quien formula en silencio —¿puedo confiar en ellos?— no es menor. Marca el inicio de una decisión que puede ser tan simple como participar o no en una actividad comunitaria, o tan compleja como redefinir la relación con el entorno. Evaluar si una persona, una institución o un colectivo merece nuestra confianza es parte de un proceso profundo, cargado de historia, emociones y contexto. Y es allí donde esta emoción se vuelve motor de lo colectivo: porque sin confianza, no hay cooperación; y sin cooperación, no hay transformación posible.
Si bien la literatura ha intentado abordar este fenómeno desde distintos ángulos, sus definiciones siguen siendo dispersas. Algunos estudios lo reducen a sus efectos —la (des)confianza como variable en la resolución de problemas— y otros lo abordan con tal amplitud que diluyen su sentido vivencial. En Colombia, los trabajos de autores como Vélez-Ibáñez (2010), Puyana (2007) y Roa et al. (2011) han intentado aproximarse a esta complejidad desde enfoques territoriales, comunitarios, de género y subjetividades políticas. Aunque estos esfuerzos han ampliado el campo de observación, todavía no se ha consolidado una mirada articulada sobre el papel emocional y estructurante de la confianza en procesos de cambio social y ambiental.
Este artículo propone, precisamente, abrir ese camino. No desde una pretensión de definir lo indefinible, sino desde el deseo de pensar la confianza como una emoción colectiva que sostiene —y a veces impide— nuestras formas de habitar el mundo. Una emoción que puede ser analizada, sentida y transformada. Una emoción que, en contextos de transición hacia economías circulares, se vuelve punto de partida y condición indispensable para imaginar futuros más sostenibles, humanos y justos.
Motor invisible de la economía circular: redes, cooperación y sostenibilidad
Para explorar la relación entre confianza y economía circular, conviene primero entender en qué consiste esta última. El concepto fue introducido por Pearce y Turner (1989) desde una visión ecológica de la economía, en la que todo recurso, como en la naturaleza, debe convertirse en insumo para otro proceso. Implica cerrar los ciclos de materiales, reducir el desperdicio, y maximizar la reutilización, el reciclaje y la regeneración de recursos. Bajo esta lógica, la sostenibilidad no es solamente técnica, sino profundamente social.
En este contexto, los vínculos de confianza entre actores e instituciones no son meras cortesías sociales, sino condiciones esenciales para la acción conjunta. ¿Por qué la confianza? Porque confiar en que el reciclador de oficio recogerá los residuos separados correctamente, en que los vecinos también cumplen su parte separando sus residuos, o en que las autoridades locales priorizan la sostenibilidad, se convierte en el punto de partida para cualquier proceso circular y trabajo colectivo (e incluso individual) para la conservación del entorno. Son razones simples en apariencia, pero profundamente complejas en su impacto. En este sentido, la confianza es un tejido invisible que une a quienes participan de las cadenas de reciclaje, las iniciativas comunitarias y las políticas públicas. La economía circular exige cooperación, y la cooperación requiere vínculos. El carácter emocional de la confianza —ese que moviliza acciones más allá de lo racional o estratégico— es lo que da continuidad a muchas prácticas sostenibles incluso cuando el contexto no es favorable o los resultados no son inmediatos.
Como señala Collins (2009), el individuo no es solo un actor económico racional, sino un miembro de comunidades prácticas y simbólicas, guiado por valores, emociones y rituales cotidianos. El autor advierte “El homoeconomicus, antes que individuo calculador, es miembro de una comunidad, simbólica y práctica, de valores”, por lo que cambiar de modelo económico implica también cambiar de imaginarios, redefinir roles y construir nuevas certezas en escenarios inciertos. Es allí donde la confianza cobra relevancia, pues permite a los sujetos actuar, comprometerse y redefinir su lugar en la sociedad.
Este proceso de transición no está exento de tensiones. Abandonar esquemas lineales de consumo requiere romper rutinas, aceptar incertidumbres y, sobre todo, confiar en que los nuevos acuerdos funcionarán. Tal como plantea Giddens (1997), la confianza se otorga al elegir entre alternativas, pero cuando estas opciones se sienten impuestas o desconectadas del entorno, la confianza se “congela”. Esa “urgencia repetitiva” impide el compromiso profundo con sistemas que, aunque nuevos, aún no han demostrado ser confiables. En palabras del autor, en uno de los pasajes más ilustrativos de su obra:
“Un mundo de sistemas abstractos y de opciones de estilos de vida potencialmente abiertos demanda un compromiso activo […] La confianza se otorga a la luz de una selección de alternativas… Cuando tales alternativas son filtradas por compromisos no explicitados –compulsiones– la confianza se convierte en una mera urgencia repetitiva. La confianza congelada impide reanudar el compromiso con los sistemas abstractos que han llegado a dominar el contenido de la vida cotidiana” (Giddens, 1997, p. 117).
En sociedades como la colombiana, caracterizadas por estructuras de gobernanza frágiles, desigualdad social persistente y brechas en la rendición de cuentas, este reto es aún mayor. La tesis de Ivorra (2022), sobre los sistemas de gestión de residuos plásticos, advierte cómo la ausencia de confianza debilita el compromiso de los actores. Sin un entramado confiable, cualquier estrategia de sostenibilidad corre el riesgo de fragmentarse.
Por ello, entender la confianza en sus múltiples dimensiones es clave. Desde la confianza horizontal, entre pares e individuos, hasta la confianza vertical, hacia instituciones y sistemas —como lo señalan Lomnitz y Sheinbaum (2004)—, se articula una red compleja que influye en la participación, la legitimidad y la sostenibilidad de cualquier proceso colectivo.
La pregunta “¿Puedo confiar en ellos?” reaparece, y no se limita a los demás. También interpela el lugar propio en la sociedad: ¿Podré adaptarme a los cambios? ¿Seré escuchado en los nuevos modelos? ¿Tendré un rol visible? Es una pregunta íntima pero profundamente política, porque define el tipo de ciudadanía que se ejerce y el modo en que se participa.
Una emoción estructurante y distribución de posiciones sociales
Como lo expresó Vélez-Ibáñez (1993), la confianza tiene fases: comienza como una “confianza abierta”, se transforma en “confianza en proceso” y se consolida como “confianza cerrada”. Este tránsito no es automático; depende de interacciones sostenidas, reconocimiento mutuo y condiciones de reciprocidad. En este tránsito, la confianza funciona como pegamento social, como motor invisible de vínculos duraderos y como catalizador de decisiones que afectan la vida cotidiana.
En escenarios de cambio estructural, donde las posiciones sociales ya no están aseguradas ni garantizadas, la confianza actúa también como brújula emocional. Permite al individuo inferir su lugar en el mundo, interpretar señales y decidir si se aproxima o se aleja de ciertas propuestas colectivas. Como indica Martuccelli (2006), incluso en contextos marcados por la desconfianza, la gente sigue participando. Lo hace con reservas, con cautela, pero también con una esperanza persistente en lo colectivo. Está arraigada desde lo más estructural hasta o más subjetivo de las trayectorias de vida.
En lo estructural, por ejemplo, se manifiesta en la seguridad que se deposita en los sistemas de salud, en la fe en las iglesias o en la justicia que se espera impartir de propuestas de normativas sobre economía circular. Está expresada como una emoción colectiva donde la expectativa se relaciona con la coherencia y la protección. En la vida cotidiana, se puede hacer visible en gestos como la entrega de sus residuos separados -limpios y secos- a su reciclador de oficio del barrio con la seguridad de que éstos serán 100% aprovechados y no arrojados en cualquier espacio público. La confianza, en este sentido, no es solo una emoción, sino un modo de interpretar el mundo. Distribuye roles, define cercanías y alejamientos, y organiza la interacción social. No es infinita, y por tanto debe ser gestionada, cultivada y reconocida como un bien relacional. En cada interacción se pone en juego, y sus quiebres o fortalecimientos se vuelven parte de la memoria social.
La relación con los colectivos —partidos, instituciones, movimientos— es una de las pruebas más exigentes para la confianza. Ya no se trata solo de confiar en personas concretas, sino en relatos colectivos que proyectan futuros posibles. En un mundo donde los discursos redentores se han debilitado —como también advierte Martuccelli (2006)—, la participación ciudadana requiere otras bases: vínculos construidos, compromisos compartidos y afectos reconocidos. El autor Martuccelli expresa con precisión esta tensión entre desconfianza y persistencia participativa:
“El tercer y último ejemplo concierne una de las pruebas del vínculo social, a saber, la relación con los colectivos. Aquí también, como en los casos anteriores, era necesario decantar una prueba lo suficientemente amplia para dar cuenta de múltiples lazos (organizaciones, partidos políticos, instituciones…). La tensión en este caso se organiza alrededor de la participación y la desconfianza. (…) porque la ‘historia’ no desembocó en lo que tenía que resultar, porque se ha perdido toda ingenuidad grupal, porque, sobre todo, se ha perdido confianza en la capacidad colectiva en orientar el curso de la historia, porque se cree cada vez menos en los anuncios proféticos de una sociedad redentora. Y, sin embargo, y a pesar de la fuerza de esta desconfianza, los individuos siguen participando e incluso participan cada vez más” (Martuccelli, 2006, p. 117).
Confianza y metodologías aplicadas: apuntes finales para la sostenibilidad
En este panorama complejo, emergen enfoques prácticos que buscan restaurar o fortalecer la confianza como base para el trabajo colectivo. Nel Martínez (2019), por ejemplo, propone metodologías de diseño de confianza aplicadas a grupos comunitarios, donde la construcción emocional y funcional de vínculos permite avanzar hacia proyectos sostenibles. Su premisa es clara y profundamente contextual:
“La confianza está directamente condicionada con el entorno en la misma medida en que la condicionamos desde nuestra condición. Una sociedad con personas que no confían en sí mismos, difícilmente tiene organizaciones confiables” (Martínez, 2019).
Desde esta mirada, la economía circular no puede avanzar sin confianza. La transformación de hábitos, la gestión compartida de recursos y la articulación de actores diversos requieren confianza como punto de partida, pero también como práctica continua. Por ello, la apuesta por una ciudadanía activa pasa por recorrer caminos que integren confianza, comunicación, conectividad y comunidad —las 4C— como metodología para el cambio.
En síntesis, la confianza no es un accesorio emocional ni un gesto opcional. Es una infraestructura afectiva que sostiene, transforma y da sentido a los procesos de sostenibilidad. Explorarla, reconocerla y cultivarla es parte de la tarea colectiva que propone la economía circular. Solo así, con vínculos sólidos y reconocimientos mutuos, será posible construir territorios sostenibles para el presente y las generaciones por venir.
Invitación a seguir explorando: del texto a la escucha activa
Este artículo es apenas una primera puerta para adentrarse en el complejo y poderoso universo de la confianza. Pero la conversación no termina aquí. Si este recorrido resonó contigo, te invitamos a escuchar el episodio especial del podcast «Confianza: Tejiendo lazos para transformar», producido por la Fundación Reciclando Un Mundo Mejor. En él, Alejandra Bonito conversa con Lucas Ivorra y Nel Martínez, dos voces que desde la investigación y la facilitación de procesos colectivos nos invitan a pensar cómo la confianza se siembra, se cuida y se transforma en motor de cambio real. A través de experiencias cercanas, preguntas provocadoras y herramientas prácticas, este episodio nos recuerda que confiar no es ingenuidad, sino una apuesta activa por comunidades más justas, sostenibles y humanas.
🔊 Escúchalo en Spotify y sigue tejiendo, desde tus propios vínculos, el camino hacia una economía más circular, colaborativa y confiable.
Confianza como umbral y horizonte
Explorar la confianza en el marco de la economía circular no es solo un ejercicio teórico, sino una invitación a mirar de frente las emociones que sostienen —o fracturan— nuestras relaciones sociales y ambientales. A lo largo de este texto se ha planteado que confiar no es una condición dada, sino un proceso en construcción constante, que opera en múltiples niveles: en los vínculos cotidianos, en las instituciones, en los colectivos, y sobre todo, en la manera en que cada persona se posiciona frente a lo común. La confianza, entonces, no es un lujo en los procesos de sostenibilidad, sino su cimiento emocional más profundo. Sin ella, los acuerdos se diluyen, la participación se reduce y el cambio se debilita.
Esta idea se ve reforzada por las voces que acompañan el episodio del podcast “Confianza: Tejiendo lazos para transformar”. Allí, Lucas Ivorra enfatiza que sin lazos sólidos entre ciudadanía, recicladores, empresas y Estado, los sistemas de gestión de residuos difícilmente prosperan. La confianza —advierte— es el pegamento invisible que hace posible la corresponsabilidad. Por su parte, Nel Martínez nos recuerda que la confianza no es espontánea: “se diseña, se facilita, se cultiva”, y que cualquier transformación comunitaria necesita partir de vínculos reales entre personas diversas. Sus aprendizajes no solo complementan esta reflexión, sino que la amplifican con herramientas, preguntas y experiencias vivas.
Hoy más que nunca, en contextos marcados por la incertidumbre y la fragmentación social, se hace urgente volver a pensar en la confianza como un acto político y regenerativo. Como un punto de partida que habilita la cooperación, pero también como un horizonte que nos orienta hacia formas más humanas, cuidadosas y sostenibles de habitar el mundo. Cultivar confianza no es solo posible, es necesario.
Bibliografía
- Beck, Ulrich (1998). La sociedad del riesgo. Barcelona, Paidós.
- Collins. R. (2009). Cadenas de rituales de interacción. Editorial Anthropos (pp. 12).
- Gambetta, D. (2000). ¿Podemos confiar en la confianza? En D. Gambetta (Ed.), Confianza: Haciendo y rotura cooperativa de relaciones (cap. 13, pp. 213–237). Departamento de Sociología, Universidad de Oxford. http://www.sociology.ox.ac.uk/papers/gambetta213-237.pdf
- Giddens, Anthony (2000). Un mundo desbocado. Madrid, Taurus.
- Ivorra, L. (2022). Weighing the importance of trust in maximising stakeholder engagement: a case study from Colombia on a plastic packaging waste management system.
- Lomnitz, L. A., & Sheinbaum, D. (2004). Trust, social networks and the informal economy: A comparative analysis. Review of Sociology, 10(1), (pp. 5–26). https://doi.org/10.1556/revsoc.10.2004.1.1
- Martínez, Nel. (2019) DISEÑO DE CONFIANZA: Prototipado de experiencias de servicio. Edición de Kindle.
- Martuccelli, D. (2006) Lecciones de sociología del individuo. (digital). (pp. 117) http://repositorio.pucp.edu.pe/index/handle/123456789/52674
- Nelms, T. C. (2022). Confianza: ¿Una pragmática de la vida social? Allegra Lab. https://allegralaboratory.net/trust-a-pragmatics-of-social-life/
- Parra, M. A., & Arango, S. (2018). Economía circular: una revisión desde la perspectiva de la sostenibilidad. Revista de Economía Institucional, 20(38), 165–188. https://revistas.uexternado.edu.co/index.php/ecoins/article/view/8848/15280
- Simmel, G. (1927). Sociología. Estudios sobre las formas de socialización. Revista de Occidente. (pp. 103)
- Sztompka, P. (2003). Trust: A sociological theory (pp. 4–5). Cambridge University Press.
- Vélez-Ibáñez, C. (1993). La confianza. En Lazos de confianza: Los sistemas culturales y económicos de crédito en las poblaciones de los Estados Unidos y México (pp. 26–32). Fondo de Cultura Económica.